Unha noite na eira do trigo

Me enseñaron esta canción mis tíos Jesús Odriozola e Isabel Alén, en una estancia que hice en Barcelona hacia 1975 y que ha marcado mi vida mucho más de lo que ellos imaginan (y que yo he descubierto bastantes años después).

Hace tiempo busqué en internet la letra con poca fortuna, pero hoy lo he vuelto a intentar y he encontrado esta preciosa versión de Paco Regueiro, así como la letra (atribuida al poeta celanovés Manuel Curros Enríquez). Hay algunas variantes de la letra. (Son textos múltiples, a los que añado también una traducción).

Unha noite na eira do trigo
o reflexo do branco luar
unha nena choraba sin trégolas
os desdes dun ingrato galán.
Entre coitas e queixas decia,
xa no mundo non teño a ningén,
vou morrer e non ven os meus ollos
os olliños do meu doce ben.

E seus ecos de melancolía
camiñaban nas alas do vento
e o lamento repetía,
vou morrer e non ven o meu ben.

Lonxe dela, de pe sobre a popa
dunha leve negreiro vapor
emigrado camiño de America
vai o pobre e infeliz Amador
e o mirar ás xentís anduriñas
cara a terra que deixa pasar,
que pudera dar volta, pensaba,
que pudera convosco voar.

Mais a aves e o buque fuxian
sin oir seus amargos lamentos
solo os ventos repetian,
que pudera convosco voar.

Noites craras de aromas e lúa
donde entón qué tristeza en pos hai
pros que viron chorar unha nena
pros que viron un varco marchar
dun amor celestial verdadeiro
quedou solo de bágoas a proba
unha coba nun outeiro
un cadavre no fondo do mar.

Transcribo asimismo la versión española de Adagio (1 octubre 2008) en su blog Un millón de segundos:

Una noche en el campo del trigo
al reflejo de la blanca luz de la luna,
una nena lloraba sin tregua
los desdenes de un ingrato galán.

Y la desgraciada entre quejas decía:
“Ya en el mundo no tengo a nadie,
voy a morir y no ven mis ojos,
los ojitos de mi dulce bien”.
Sus ecos de melancolía
caminaban en las alas del viento
y el lamento repetía:
“¡Voy a morir y no viene mi bien!”

Lejos de ella, de pie sobre la popa
de un leve negrero vapor,
emigrado, camino de América
va el pobre, infeliz amador.
Y al mirar las gentiles golondrinas
hacia la tierra que deja cruzar:
“Quien pudiera dar vuelta –pensaba-,
quien pudiera con vosotras volar!…”

Pero las aves y el buque huían,
sin oír sus amargos lamentos
solo los vientos repetían:
“Quien pudiera con vosotras volar!”.

Noches claras, de aromas y luna,
desde entonces ¡que tristeza en vosotras hay
para los que vieron llorar una niña,
para los que vieron un barco marchar!…
De un amor celestial, verdadero, quedó solo,
de lágrimas la prueba,
una cueva en un peñasco
y un cadáver en el fondo del mar.

Dice Adagio

este es un lamento más de un pueblo que se vió obligado a emigrar. No era un desdén de galán; es una historia más del deber y la devoción enfrentadas. Alguien me preguntó hace mucho tiempo si esta era una canción de cuna. Seguro que ya no lo recuerda, pero ahí está: “recuerda siempre olvidar las cosas que te entristecieron pero nunca olvides recordar aquellas que te alegraron”.

Yo también canto esta canción en momentos de morriña. ¡Gracias familia Odriozola-Alén por enseñármela!

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